a Rafael Rattia
"La provincia es devorante para el escritor y pocos se han salvado de ella. La provincia te da una gloria de concejal, que es la que tenía Clarín, aquel concejal de las letras".
Francisco Umbral.
Existe una queja, plañidera y recurrente, de los escritores de la provincia: no existimos para los escritores provincianos de Caracas. Esto que parece un juego de palabras podría explicarse así. A la ciudad de Caracas se trasladan oleadas de escritores de provincia. Buscan abrirse paso en el mundo de las letras. Después que se han instalado, con mucho esfuerzo y mucho comemierdismo, luego que se han conectado en el Conac, o en los suplementos y revistas culturales, se desentienden del terruño y se creen tocados por el genio porque se lían a beber, en los bares de Sabana Grande, con algunas vacas sagradas de la literatura nacional. La provincia, de realidad poética y geográfica, se les transforma en una nostalgia aburrida, lejana, casi mágica. Para comprobar esto sólo tienen que leer las crónicas de Luis Alberto Crespo, "El país ausente". La provincia es una entelequia, un recuerdo amueblado de nostalgia amarillenta y de olvidos recurrentes.
De alguna manera el escritor de provincia se siente ninguneado, aplazado y desplazado. Pondré un ejemplo reciente, hay miles, pero esta es bastante ilustrativo.
El escritor Jorge Gómez Jiménez tiene algunos años incursionando en el universo de las revistas electrónicas en nuestro país. En la actualidad edita por Internet Letralia, revist@ literaria (coloco la arroba para destacar que no es una revista que se edita en papel) que ha merecido varios reconocimientos. El número 96 ya esta circuló hasta hace poco en la red. En un periódico cultural de Caracas se realizó un reportaje sobre las revistas electrónicas literarias. El cagatinta cultural de turno le dedica casi toda la nota a una revista que editaba Patricia Guzmán y que sólo alcanzó la cifra mágica de un número. Letralia, que se editaba desde Cagua, apenas recibió tres líneas (o cuatro para no pecar de exagerado) a pesar de tener más de tres o cuatro años circulando en la red y con la bicoca para ese momento de 80 números. Esto indica un poco como se mueve la literatura en el ámbito de los escritores de provincia de la capital.
Al escritor de provincia se le ofrecen pocas opciones para demostrar si tiene algo que decir (y hacer) con las palabras. Que no es otro bulto más, pesado y sin estilo, en este boxeo de sombra con el lenguaje escrito. Escritores mediocres, poetas segundones y novelistas ramplones los hay en todos lados. A pesar de esa creencia infame y petulante la cual asegura que si es de la provincia apesta. Las posibilidades que tiene un escritor de provincia de publicar en algún periódico cultural (o revista literaria) de Caracas son bastantes remotas. Ante este panorama el escritor de provincia se encuentra a la intemperie con todo el legajo de sus papeles escritos sin saber que hacer con ellos. Lo escrito por Jorge Gómez Jiménez con respecto a esto es exacto: "No es gratuito que los escritores caraqueños definan como literatura venezolana únicamente lo que se produce en sus círculos. En la demografía literaria, comúnmente son más difundidos los autores establecidos en el circuito cultural, pues es allí donde residen justamente las vías de difusión. Difícilmente estas vías de difusión servirán para dar a conocer la obra de los autores establecidos en la provincia. De hecho, los autores de provincia -aun los que viven en las capitales de estados- ni siquiera saben de qué forma pueden sus textos ser difundidos a través de esas vías. Me atrevería a afirmar, sin que para ello medie otra evidencia que mi contacto personal con muchos de ellos, que entre los escritores de provincia existe la plena convicción de que, aunque envíen resmas de sus textos a las revistas y periódicos capitalinos, nunca serán publicados".
Tener calidad y talento parece no ser suficiente para surgir en este medio literario donde señorean bohemios y relacionistas públicos del más variado pelaje. Personajes veniales que asumen la creación literaria desde su ornamento y periferia: la tertulia en el bar, el brindis en el museo, la charla en la asociación de escritores, el nombre en calidad de préstamo en los colaboradores de una revista, en la que nunca colaboran, el cargo burocrático de literatura en alguna fundación privada, etc. O sea se toman con un caradurismo su trabajo en el papel, su oficio con las palabras y con apenas un libro publicado se va gerenciando un pensum de estudio, una silla en la academia, una estatua, una plaza y hasta un homenaje póstumo con aterrizaje de Panteón incluido.
Los escritores de provincia son a la postre bastante ingenuos. Un caso patético de fe por la literatura los corroe, de apuesta a las palabras sin concesiones que les quita el sueño. Recuérdese a Rafael Bolívar Coronado. También se puede mencionar, como caso más reciente, a Argenis Rodríguez, quien se dedicó por completo a escribir libros. Llegó a publicar alrededor de 70. Y como si esto fuera poco se proclamó sin modestia alguna como el mejor escritor del país. Mientras los demás hacían turismo literario por los distintos cargos culturales Argenis Rodríguez, un escritor de provincia que se vino también a Caracas para crecer como escritor, se dedicó a escribir y como premio fue puesto al margen, desnudo y solitario, malviviendo de lo único que le interesaba hacer: escribir. Que se suicidara no parece casual. El escritor de provincia tiene un fe ciega en la palabra escrita y se hace un lío tratando de encontrar un estilo límpido y certero. Cuestión que no se obtiene a las primeras de cambio. Hay que romper mucho. Engavetar bastante. Escribir y tachar más de los que se escribe. Por ese motivo de repente el escritor de provincia, sin ser un escritor profesional, se siente esclavizado en su oficio y como un joyero trata de convertir esas baratijas que son las palabras es esmeradas joyas o como lo escribió Sánchez Peláez: "Suenan como animales de oro las palabras".
Mientras escribo estas líneas tengo en mente a mi amigo Francisco Arévalo. Poeta, novelista, cuentista y escritor permanente en diarios y revistas. Arévalo ejerce su oficio con una consecuencia pasmosa. Ha ido haciéndose escritor sobre la marcha. Escribiendo(y bebiendo)mucha literatura. De igual manera tengo en cuenta a Pedro Suárez, quien sorteando todos las dificultades convierte la escritura en un juego de obstinación y vital poética. Por supuesto debo nombrar a Carlos Villaverde, irreductible editor y también asiduo a la palabra poética. Todos desde la provincia tratando de escribir libros, de reinventar la realidad a través de la palabra escrita, de darle carnadura literaria a la ciudad, el amor y la calle. De eso va la vida del escritor: la literatura como una aventura, un riesgo sin cálculos. Alejandro Rossi escribió que crear algo es una aventura desamparada, sin garantías: "La literatura es un puente, pero al mismo tiempo es una ruptura con el pasado, un puente que se extiende a la incertidumbre".
Vivir de escritor las 24 horas no es sencillo en un país que considera a sus escritores y poetas parte del mobiliario de las oficinas burocráticas de cultura. Escribir aquí no es sencillo. Por lo general nadie considera que ordenar frases y metáforas en un papel sea una trabajo. La escritura siempre ha estado asociada a la vagancia y la bohemia. Lo cierto es que a pesar de todo vamos viviendo la literatura en vez de vivir de la literatura y aquí sin queja llorosa alguna.
Lo que el escritor de provincia quiere es que su trabajo se confronte con otras literaturas. Relacionistas públicos disfrazados de escritores hay a patadas y esos escritorzuelos de salón, sin una obra que los respalde, se dedicaran a menesteres menos insufribles. Porque eso de humillarse y jalar bolas para tomarte una foto con los escritores del día, o para que te publiquen en alguna revista literaria oficial, también es un oficio penoso.
Como escritor de provincia uno no quisiera caer en el ghetto dipsómano de los escritores caraqueños, pero hay que confrontar la escritura y sacar en limpio donde esta la poesía y donde está la máscara, la pose y el caradurismo literario que nada tiene que envidiarle al caradurismo de los políticos.
Francisco Umbral escribió: "Lo malo de escribir en una provincia es que uno llega fácilmente a ser el más listo de la comarca, y eso es fatal. El escritor necesita el buril de la gran ciudad, el hervidero de competencias, el contraste, la lucha que le dejará en su sitio, sitio que él debe mejorar, pero no consagrar como definitivo".
Se dice con insistencia que el paso del hombre de su estado natural al cultural se encuentra estrechamente ligado a sus facultades lingüísticas, a su capacidad para transformar sus emociones, ideas y pensamientos en palabras(tanto orales como escritas). El acto de escribir tampoco es un hecho fortuito. Escribir es un poco la manera que tenemos para traducirnos, para decirnos y tratar de encontrar eco en los demás, para reconocernos en los otros. Nuestra vida no es más que la colección de discursos que vamos ordenando en los anaqueles de nuestra alma. Discursos que aunque estemos en la más absoluta soledad y en el más nítido silencio siguen alimentando nuestra conciencia. Se escribe(se habla) para entablar un diálogo que nos corporiza o como lo ha escrito George Steiner: "Todo diálogo es un ofrecimiento de reconocimiento mutuo y una estratégica redefinición del ser. El Ángel nombra a Jacob al final de su larga batalla, la Esfinge obliga a Edipo a nombrarse, a conocerse como hombre. Nada nos destruye más certeramente que el silencio de otro ser humano. De allí proviene la insensata furia de Lear hacia Cordelia y la profunda observación de Kafka cuando dice que varios hombres han sobrevivido al canto de las Sirenas, pero ninguno a su silencio".
La escritura no tiene etiquetas, ni raza, color o credo. La literatura no tiene un espacio geográfico demarcado con alambradas y banderitas. Cuando el escritor, modesto o grande, raya papeles lo que tiene detrás de sí es el Macondo de la gran literatura occidental y escribe desde su territorialidad, desde su barrio, su pueblo, su calle, su cuarto. El universo se encuentra en cualquier lado y el lenguaje también.
La literatura es la forma que tenemos para organizar y enunciar nuestra experiencia vital. Si lo hacemos desde un barrio en Singapur, o desde una destartalada buhardilla en París, importa muy poco, lo importante es la escritura como acto y razón de ser.
Se escribe en la actualidad para pertenecer a esa gran provincia en la que hoy se ha convertido el mundo.