Dedicarse a la pintura, o a cualquier otra actividad artística como la literatura o la poesía, siempre trae sus contratiempos de rigor. No obstante un contado número de hombres y mujeres dedican su existencia a la creación artística. Hay como un empecinamiento quijotesco (para emplear un manoseado tópico) de crear algo que transpire valor artístico, que trascienda y logre darle cabida a esa metáfora necesaria de la belleza.
Como es lógico existen artistas exitosos y pienso en Jesús Soto, Alejandro Otero, Jacobo Borges, Mercedes Pardo y algunos otros cuya obra ha marcado el devenir del arte nacional. Están artistas que siguen creando (o crearon) una obra a pesar de que jamás alcanzaron la fama y pienso entonces en Armando Reverón, en Juan Felix Sánchez y una buena larga lista de artista subalternos (en los que me cuento sin falsa modestia). Por supuesto están los arribistas de siempre que obtienen las becas, los premios y las prebendas de los gobiernos de turno pasados, presentes y los por venir.
El otro aspecto de todo esto son los posibles criterios de valoración del arte en actualidad. Todo es arte, pero lo complicado es que el arte siempre ha querido estrechar lazos entre el alma y el conocimiento, cuestión que el artista actual pasa por alto por ignorancia o por dejadez. Cualquier santotomás puede dedicar unos minutos de charla con cualquiera de esos nuevos covachuelistas del arte encargados de hacer arte conceptual, instalaciones, arte efímero y comprobará con asombro que una miss tiene más argumentos. O sea, estos nuevos artistas distan mucho de ser filósofos en mayúscula y la gran mayoría se queda en el lamentable escaño del analfabeta funcional provisto, eso sí, de gran audacia, caradurismo y mucha intuición estética. Del resto ni la profundidad reflexiva, ni el conocimiento intelectual parecen regir su actividad creadora, la cual colinda bastante con el azar y la improvisación. Gombrich ha puntualizado algo interesante: "El artista es su mejor crítico. Si dialoga con su obra, es un artista; si dialoga con el público, es probablemente un impostor".
A esto hay que sumarle que la ignorancia cultural del pintor es en la mayoría de los casos proporcional a la ignorancia cultural del espectador. En tales circunstancias el diálogo es una suprema utopía. La preocupación de críticos y curadores estriba al final si un urinario tiene tanto valor artístico como por ejemplo las pirámides mayas. Si el arte efímero tiene validez en un mundo donde todo parece ser momentáneo, incluso los cincos minutos de fama reglamentario que tienen muchos artistas.
El arte en general hoy día, luego de una sinuosa travesía, ha llegado al puerto de la ambigüedad más aparatosa. Hoy la obra de arte no explica NADA y por eso el artista trata de envolverla con un discurso que le proporcione validez tanto como obra de arte y como discurso.
El disfrute del arte actual más que conocimiento parece requerir de sensibilidad y curiosidad por parte del espectador. Es innegable que necesitamos educarnos para el arte de nuestro tiempo. Es innegable la necesidad de educar el ojo y los sentidos para cruzar el laberinto del arte actual y el cual posee una riqueza y variedad bastante extensa.
Para finalizar quisiera hacerlo con algunas digresiones. El crítico de arte John Berger comenta una foto del artista Alberto Giacometti, publicada en un periódico a una semana de su muerte. En la foto se observa al artista bajo la lluvia, cruzando una calle cercana a su estudio en París. Lleva puesta una gabardina que le cubre la cabeza y sus hombros encorvados tratan de campear el mal tiempo. Berger escribe: “El efecto de la fotografía se debió a que mostraba a un hombre extrañamente despreocupado de su bienestar. Un hombre que llevaba unos pantalones arrugados y unos zapatos viejos, mal preparados para la lluvia. Un hombre cuyas preocupaciones no tenían en cuenta el cambio de estaciones”.
En cierta ocasión Rodin dijo: “La gente dice que pienso demasiado en las mujeres” (Pausa) “Pero ¿después de todo hay algo más importante en lo que pensar?”
Creo que al principio escribí de belleza, pero este poema de Antonio Gamoneda (premio Cervantes 2006) es el toque definitivo:
UN ÁNGEL GÓTICO
Inmóvil, claramente
inhumano en la
pura catedral
vive un ángel.
Un ángel no tiene ojos.
Un ángel no tiene sangre.
Él no vive en la vida, él no vive
en la muerte, él está
vivo en la belleza.