RAFAEL BOLÍVAR CORONADO: Trampa y literatura.
La suerte del Alma llanera ha sido cambiante como el sempiterno autor de su letra: Rafael Bolívar Coronado. La canción que forma parte de una zarzuela se convirtió en el segundo himno. Interpretada a lo largo de Latinoamérica hasta la saciedad. En nuestro país se le utilizó como conclusión abrupta de cualquier fiesta; era la manera elegante de mostrarles la puerta a los invitados. El destino de su autor también ha sido caprichoso.
Rafael Bolívar Coronado fue un escritor con un innegable talento, pero su vida ladeada hacia el desparpajo y la engaño lo ha fichado para la posteridad como un autor de segunda mano que utilizó alrededor de seiscientos nombres diferentes para firmar sus escritos. Fue un indiscutible truhán que sin escrúpulo alguno utilizó los nombres de algunos escritores consagrados para presentar sus escritos. Jamás se detuvo en consideraciones éticas al momento de engañar y timar en su buena fe a lectores y editores.
Escribió muchos libros y ninguno, tuvo buena cantidad de nombres y ninguno. Para Coronado el acto de escribir no fue una forma de alcanzar la gloria o el éxito literario, fue sólo un medio para subsistir y sufragar sus gastos primarios. Nunca estuvo preocupado de la obra, ni de la inmortalidad, sólo estaba a contrarreloj para conseguir algunas monedas y “quitarle la telaraña a las muelas”, según sus propias palabras. A pesar de toda su trágica y precaria existencia Coronado no pierde el pulso para ser irónico y esto lo devuelve a nuestros días vivo y quijotesco. No sin razón el escritor peruano Fernando Iwassaki escribe: “Entre los impostores y falsarios de la literatura, el venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) merece un lugar de privilegio al lado de George Psalmanzar y James MacPherson, aunque haciendo hincapié en que Bolívar Coronado escribió su obra apócrifa en el siglo XX y no para halagar su vanidad o conseguir más poder, sino para llegar a fin de mes”. Hay dos libros imprescindibles para conocer de cerca a Coronado: “El hombre que nació para el ruido” de Oldman Botello y “Un hombre con mas de seiscientos nombres” escrito por el historiador, ensayista, e increíble bibliófilo como lo es Rafael Ramón Castellanos.
La vida de Coronado estuvo en estrecha sintonía a la literatura y quizá esta otra singularidad le hace soluble en nuestra admiración a pesar de toda su irresponsabilidad intelectual, es un autor idóneo para la postmodernidad de intertextualidad e Internet debido a que no respetó los derechos de autor de otros escritores. Además despojó al quehacer literario de toda su pompa circunspecta, de todo ese boato de clasicismo formal. Coronado fue una personalidad artística, psicológicamente no del todo equilibrada, que invirtió sus mejores esfuerzos en ser un escritor a tiempo completo. Jamás dudó en ejercer otro oficio que no fuese el de la escritura.
De igual modo a Coronado puede que lo redima su humor. Se burló a placer de sí mismo y de todo un medio intelectual acartonado y con ínfulas de gloria, premios y plazoletas. Él bajó de su pedestal bostezante la profesión literaria y nunca estuvo interesado en ser un escritor de oficio con una obra elaborada a conciencia para adornar anaqueles. Estuvo preocupado por convertir la profesión de escritor con una audacia desgarrada y risueña. Ese sentido de anonimato que imprimió a su trabajo (oculta bajo el barniz de tantos nombres) dice mucho de un escritor cuya necesidad parece ser sacar a luz lo escrito. No quiso escribir para la gaveta, sino para los lectores en el ardiente día a día.
Sus inicios como escritor se remontan a su Villa de Cura natal en el Estado Aragua, en un semanario del que era socio. Se traslada a la capital y en Caracas con su don de ameno charlatán amplia el campo de sus amistades. De pronto se encuentra en la plana mayor de los adláteres al régimen gomecista. Anda en estas malas compañías hasta el año 1913. De regreso a Villa de Cura reflexiona y escribe sobre su peripecia como militar agregado. Vuelve a Caracas al año siguiente y se estrena la zarzuela, en un acto y tres cuadros, “Alma llanera”. La letra es de Coronado, la música de Pedro Elías Gutiérrez y sube a escena por la compañía de Matilde de Rueda.
La canción principal de la zarzuela es tarareada en todas partes. La suerte del Alma llanera estaba escrita; se convertirá con el tiempo en el segundo himno de Venezuela. Su autor tuvo sentimientos contradictorios con respecto a su obra y llegó a escribir: “De todos mis adefesios es la letra del Alma llanera del que más me arrepiento. En efecto. Es ésta mi página dolorosa, el hijo enclenque de mi espíritu, la cana al aire, la metida de pata”. Obtiene el premio en los primeros “Juegos Florales de Venezuela” con el cuento “El nido de azulejos”. Coronado a pesar de estos triunfos no está satisfecho. Realiza tramites y obtiene los beneficios del gobierno para viajar a España. En tierra española se convierte en un agente de perturbación política contra la dictadura de gomecista.
En Madrid sin oficio conocido y vigilado contacta al poeta Francisco Villaespesa. Con un legajo de cartas de recomendaciones y mentiras embauca al poeta y director de la revista “Cervantes”. Villaespesa para ayudarlo lo agrega a la plantilla de su revista como corrector. Aunque Coronado no sabe un ápice sobre la corrección de textos acepta el trabajo. La revista se edita y por supuesto las erratas son abundantes, sin mencionar el hecho que algunos escritos son de Coronado con el nombre de insignes escritores hispanoamericanos. Estalla el escándalo y se traslada a Madrid.
Otra vez sin dinero y con el apremio del hambre encuentra una oportunidad de oro para utilizar su ingenio cuando se entera que un compatriota suyo Rufino Blanco Fombona necesita manuscritos para inaugurar la “Editorial América” y una de cuya colecciones estará dedicada a la historia colonial.
Coronado se hace pasar por copista de unos manuscritos que reposan en la Biblioteca Nacional de Madrid. Entrega el material copiado y obtiene su paga lo cual le permitirá subvivir algunos meses. A la par de estos “trabajos literarios” de calderilla escribe artículos para distintos periódicos en los cuales denuncia el gobierno de mano dura de Gómez y no por capricho uno de estos textos lleva por título “Gomezuela”. En esos días convulsionados algún sabelotodo entrometido (que nunca falta) descubre graves fallas gramaticales en los textos de historia colonial. Buscan desesperados en la biblioteca los originales y descubren la estafa.
Rufino Blanco Fombona además de escritor y editor era un atrabiliario armado que no se andaba con sutilezas literarias a la hora de resolver conflictos. De seguro tenía una bala con el nombre de Coronado, pero no pudo encontrarlo. Entonces optó por publicarle un libro inédito: “Memorias de un semibárbaro”. Hacer publicar dichas memorias era un poco desenmascararlo y desacreditarlo en todo sentido.
Coronado sobrevive a duras penas con las colaboraciones a distintos diarios y empleando diferentes nombres hasta que se le ocurre la idea de las antología de poetas latinoamericanos. Algunos editores compraron varias de estas colecciones. Coronado las ensamblaba en cuestión de semanas y si le faltaban poetas o poemas los inventaba de manera inmisericorde.
Una de las situaciones más ilustrativa de este pícaro redomado involucra al poeta Andrés Eloy Blanco, quien con su libro “Canto a España” obtuvo un prestigioso premio en metálico. Antes de la llegada del poeta cumanés Coronado hace su tarea: escribe loas rimbombantes a la poesía y persona del poeta. Con paciencia premeditada guarda los recortes de prensa. Luego los remite, junto con su dirección, al hotel donde se aloja el poeta laureado. Pasan los días y no obtiene ninguna señal. Urgido de dinero le envía un telegrama urgente: “Andrés Eloy eres un Astro. Los Astros giran. Gírame algo”.
Si se puede esgrimir un alegato a su favor sería su proverbial destreza para elegir nombres y su extraño rigor para asumir el trabajo literario: a destajo y sin tiempo. Como alegatos en contra se podrían esgrimir la forma despiadada para atacar a sus adversarios y enemigos a través de su escritura. Su sentido amoral para usurpar los nombres de otros escritores y endosarles sin empacho sus propios escritos por el simple hecho de ganar algunos billetes. No obstante esta actitud pesetera nada tiene que envidiarle a muchos de sus contemporáneos quienes como prostitutas aceptaban embajadas o altos cargos en el gobierno. Por lo menos Coronado iba a sus aires y había mucha temeridad ingeniosa en sus timos.
Coronado escribió mucho y su obra es tan dispersa y caótica como su vida. Escribió de todo e incluso pergeñó una biografía de Lenin en un momento en que este personaje daba sus primeros pasos por la alfombra roja de la historia.
Rafael Bolívar Coronado estaba loco y su locura fue escribir en un tiempo en el cual los escritores estaban interesados en formar parte del decorado del poder como funcionarios o asesores. Con su vida ha escrito la página literaria más fantástica, estrafalaria y vigorosa de nuestro país. Arrojó por el desagüe de la trampa y el heterónimo el prestigio de ser escritor. Quizá dilapidó su talento literario tratando de convertir el hecho de escribir en una actividad perdida en el tumulto de lo común. Coronado como ningún otro descubrió que el escritor es sólo un ídolo con pies de barros y cuando la literatura se torna un eco insoportable de nadería ególatra pensemos en su peripecia intelectual, en sus trapacerías literarias y en su aventajado lirismo de tener la literatura como un medio y no como un fin en sí misma.
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ENAMORADO DE LA MAGA
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"Saberse enamorado de la Maga no era un fracaso ni una fijación en un orden caduco; un amor que podía prescindir de su objeto, que en la nada encontraba su alimento,..." Rayuela/capitulo 48
La novela "Rayuela" de Julio Cortázar, ha sido recuadrada con algunos clichés, simplificada con muchas frases hechas. Sin mencionar que es la presa predilecta del lirismo abobado y salivoso de los gacetilleros culturales en domingo. Así tenemos entonces Rayuela como: "ejemplo insuperable de una portentosa contranovela", "inigualable caja china, muñeca rusa de vanguardia literaria", "su sentido lúdico permite a cada lector leer la novela que más le interesa", "inigualable trampa para nostálgicos irremediables y sensibles inteligentes", etc.
Cada lector puede develar sus abismos, transitar su laberinto humanístico y poético. Cada cual quedará atrapado por los personajes que entran y salen en la novela de a retazos, especie de rompecabezas que se irán armando en la visión del lector, según su sensibilidad e intelecto. Muchos no han podido descubrir su hechizo, no han podido pasar de sus frases iniciales como quizá les habrá sucedido con el Ulises de Joyce o Paradiso de Lezama Lima.
Cortázar explicó bastante los mecanismos que impulsaron a gestar la novela, no para justificarla, sino porque muchos de sus lectores descubrieron nuevos hilos en esa telaraña existencial y metafórica que es Rayuela. No sin razón Cortázar aseguró: "Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que en vivir y escribir nunca admití una clara diferencia". La novela traspapela literatura y vida de manera sincronizada, en donde alma y piel se enhebran en un sutil tejido literario que sobrepasa muchos cánones estéticos (ya estoy con eso del lirismo mentecato).
Uno que se enamora con facilidad de las mujeres en la vida hace otro tanto con esos personajes femeninos de la gran literatura. En lo personal he perdido el corazón y la cabeza por Madame Bovary, Ana Karenina, Dulcinea, Desdemona, la Alejandra de Sobre Héroes y Tumbas, las prostitutas de Juntacadáveres. Es imposible no enamorarse de la Maga. Ella pertenece a esa estirpe de heroínas que adquieren carne y poesía en nuestros deseos más secretos. Uno quisiera agarrar por el cuello a Horacio Oliveira y arrojarlo por alguna de las ventanas de la novela, sacarlo de la vida y los sentimientos de la Maga para que a ella le duele menos ese amor tan contrariado y tan chocantemente argentino.
La historia de Rayuela es simple: un grupo de individuos de distintas nacionalidades que confluyen en París. En la novela París resulta como una escenografía para alguna película escrita por Jacques Prévert. Un París confeccionado/ idealizado con pasión y con muchos retazos poéticos o como lo expresa Gregorovius: "En el fondo París es una gran metáfora". La Maga pregunta varias veces: ¿Por qué una enorme metáfora? y no obtiene una respuesta clara ni definitiva, pero después ella misma la responde en su carta a su bebé muerto: "En París somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente todo el tiempo hace el amor y fríe huevos y pone discos de Vivaldi (...) Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en los que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y sueño pasado".
En ese París, más literario que real, se mueven la Maga, Horacio Oliveira y el grupo de amigos que conforman el Club de la Serpiente. Hablan, discuten, beben, oyen música, paean de aquí para allá, etc. Todos entran y salen de la novela con figuras apenas boceteadas, con esa textura de niebla y algo vaporosa que tienen los fantasmas. Sólo la Maga tiene carnadura tangible.
Ella tan lenta para entender las cosas es a fin de cuenta la claridad nítida, es la que ordena ese caos de ideas estéticas y metafísicas que constantemente discuten sus amigos; discusiones que dejan su huella particular en todos los integrantes del club, pero que tiene que ver todo esto con el lector. Mucho. Ya que uno también se reúne con sus amigos, escucha discos, canta, se angustia ante la muerte o ante eso que nos rodea o como piensa Oliveira: "pienso que tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen a los pueblos. El péndulo cumple su vaivén instantáneo y otra vez me inserto en las categorías tranquilizadoras: muñequito insignificante, novela trascendente, muerte heroica". Rayuela es una novela existencialista, tiene personajes que son en el fondo humanos demasiado humanos, para hacer literatura y parafrasear a Vallejo, y es esto en verdad lo que nos atañe a todos.
La Maga es la duda, la pregunta constante, los ojos abiertos de asombro ante el mundo cotidiano; la navegante inmóvil que intenta llegar al puerto de los planteamientos mientras los demás parecen haberlo alcanzado hace rato. La Maga escruta, se interroga porque simplemente no entiende, todo se le vuelve una estopa, un amasijo retorcido. La Maga es luz en su ignorancia desarreglada y sin tiempo. Su vida es una novela metafísica escrita por un melancólico descreído. Mientras sus amigos construyen mundos con sus ideas librescas, la Maga vive esos con una transparencia intuitiva, con una luz interior que degüella las sombras a su paso. Ernesto Castillo escribe: "En sus dudas y actitudes simboliza a la mujer de un modo muy distinto, símbolo éste que está muy lejos del esteriotipo que conocemos: se revela ante la sociedad que la reprime, ante sus amigos que la cansan, y además, le despiertan a Rocamadour con sus discusiones, a veces, bizantinas".
La Maga comparte con Dulcinea del Quijote cierta mitificación, cierta inequívoca sublimación. Sin en su locura Don Quijote ve en la fregona a una dama de excelsa belleza, la cordura de los lectores de Rayuela ven en la Maga a una mujer sencilla de posibilidades extraordinarias. Por esa razón es un personaje complejo con el agregado de un lector que tiende a idealizarla a partir del amor reflexivo, a veces algo rebuscado, de Oliveira, de las conversaciones que ella mantiene con los distintos integrantes del club y de la actitud trágica ante la muerte de su bebé.
Cortázar no describe a la Maga a la usanza de los novelistas tradicionales y el lector la amolda según sus gustos y conveniencias, sus ideales del amor y la belleza. Eso es el gran acierto de la novela: uno construye a la Maga como un muñequito de pan y le proporciona cualidades insignificantes o trascendentales, al unísono, lo que permite un retrato veraz y bastante cercano. Es una mujer ideal por sus dudas e imperfecciones, aparte de ese innegable don para captar el revés poético de la trama de lo cotidiano, va dotando a los objetos y a las personas que la rodean con todo los encantamientos posibles; especie de hechicera, maga en cuyo perfume de espejos podemos vernos uno y múltiple al mismo tiempo.
Las mujeres en la literatura y en la vida siempre son fascinantes, seres indescifrables y esas características son en extremo seductores. Uno que tiende a traspapelar la vida y la literatura sabe que una mujer es poema que se escribe desde la pasión, sabe que un personaje femenino ficticio se escribe desde lo vivido y lo amado, desde el corazón que bombea tinta dulce y metáfora, como sin duda Cortázar escribió a la Maga.
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DEDICARSE A LA PINTURA
Dedicarse a la pintura, o a cualquier otra actividad artística como la literatura o la poesía, siempre trae sus contratiempos de rigor. No obstante un contado número de hombres y mujeres dedican su existencia a la creación artística. Hay como un empecinamiento quijotesco (para emplear un manoseado tópico) de crear algo que transpire valor artístico, que trascienda y logre darle cabida a esa metáfora necesaria de la belleza.
Como es lógico existen artistas exitosos y pienso en Jesús Soto, Alejandro Otero, Jacobo Borges, Mercedes Pardo y algunos otros cuya obra ha marcado el devenir del arte nacional. Están artistas que siguen creando (o crearon) una obra a pesar de que jamás alcanzaron la fama y pienso entonces en Armando Reverón, en Juan Felix Sánchez y una buena larga lista de artista subalternos (en los que me cuento sin falsa modestia). Por supuesto están los arribistas de siempre que obtienen las becas, los premios y las prebendas de los gobiernos de turno pasados, presentes y los por venir.
El otro aspecto de todo esto son los posibles criterios de valoración del arte en actualidad. Todo es arte, pero lo complicado es que el arte siempre ha querido estrechar lazos entre el alma y el conocimiento, cuestión que el artista actual pasa por alto por ignorancia o por dejadez. Cualquier santotomás puede dedicar unos minutos de charla con cualquiera de esos nuevos covachuelistas del arte encargados de hacer arte conceptual, instalaciones, arte efímero y comprobará con asombro que una miss tiene más argumentos. O sea, estos nuevos artistas distan mucho de ser filósofos en mayúscula y la gran mayoría se queda en el lamentable escaño del analfabeta funcional provisto, eso sí, de gran audacia, caradurismo y mucha intuición estética. Del resto ni la profundidad reflexiva, ni el conocimiento intelectual parecen regir su actividad creadora, la cual colinda bastante con el azar y la improvisación. Gombrich ha puntualizado algo interesante: "El artista es su mejor crítico. Si dialoga con su obra, es un artista; si dialoga con el público, es probablemente un impostor".
A esto hay que sumarle que la ignorancia cultural del pintor es en la mayoría de los casos proporcional a la ignorancia cultural del espectador. En tales circunstancias el diálogo es una suprema utopía. La preocupación de críticos y curadores estriba al final si un urinario tiene tanto valor artístico como por ejemplo las pirámides mayas. Si el arte efímero tiene validez en un mundo donde todo parece ser momentáneo, incluso los cincos minutos de fama reglamentario que tienen muchos artistas.
El arte en general hoy día, luego de una sinuosa travesía, ha llegado al puerto de la ambigüedad más aparatosa. Hoy la obra de arte no explica NADA y por eso el artista trata de envolverla con un discurso que le proporcione validez tanto como obra de arte y como discurso.
El disfrute del arte actual más que conocimiento parece requerir de sensibilidad y curiosidad por parte del espectador. Es innegable que necesitamos educarnos para el arte de nuestro tiempo. Es innegable la necesidad de educar el ojo y los sentidos para cruzar el laberinto del arte actual y el cual posee una riqueza y variedad bastante extensa.
Para finalizar quisiera hacerlo con algunas digresiones. El crítico de arte John Berger comenta una foto del artista Alberto Giacometti, publicada en un periódico a una semana de su muerte. En la foto se observa al artista bajo la lluvia, cruzando una calle cercana a su estudio en París. Lleva puesta una gabardina que le cubre la cabeza y sus hombros encorvados tratan de campear el mal tiempo. Berger escribe: “El efecto de la fotografía se debió a que mostraba a un hombre extrañamente despreocupado de su bienestar. Un hombre que llevaba unos pantalones arrugados y unos zapatos viejos, mal preparados para la lluvia. Un hombre cuyas preocupaciones no tenían en cuenta el cambio de estaciones”.
En cierta ocasión Rodin dijo: “La gente dice que pienso demasiado en las mujeres” (Pausa) “Pero ¿después de todo hay algo más importante en lo que pensar?”
Creo que al principio escribí de belleza, pero este poema de Antonio Gamoneda (premio Cervantes 2006) es el toque definitivo:
UN ÁNGEL GÓTICO
Inmóvil, claramente
inhumano en la
pura catedral
vive un ángel.
Un ángel no tiene ojos.
Un ángel no tiene sangre.
Él no vive en la vida, él no vive
en la muerte, él está
vivo en la belleza.
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Escribir desde la Provincia
a Rafael Rattia
"La provincia es devorante para el escritor y pocos se han salvado de ella. La provincia te da una gloria de concejal, que es la que tenía Clarín, aquel concejal de las letras".
Francisco Umbral.
Existe una queja, plañidera y recurrente, de los escritores de la provincia: no existimos para los escritores provincianos de Caracas. Esto que parece un juego de palabras podría explicarse así. A la ciudad de Caracas se trasladan oleadas de escritores de provincia. Buscan abrirse paso en el mundo de las letras. Después que se han instalado, con mucho esfuerzo y mucho comemierdismo, luego que se han conectado en el Conac, o en los suplementos y revistas culturales, se desentienden del terruño y se creen tocados por el genio porque se lían a beber, en los bares de Sabana Grande, con algunas vacas sagradas de la literatura nacional. La provincia, de realidad poética y geográfica, se les transforma en una nostalgia aburrida, lejana, casi mágica. Para comprobar esto sólo tienen que leer las crónicas de Luis Alberto Crespo, "El país ausente". La provincia es una entelequia, un recuerdo amueblado de nostalgia amarillenta y de olvidos recurrentes.
De alguna manera el escritor de provincia se siente ninguneado, aplazado y desplazado. Pondré un ejemplo reciente, hay miles, pero esta es bastante ilustrativo.
El escritor Jorge Gómez Jiménez tiene algunos años incursionando en el universo de las revistas electrónicas en nuestro país. En la actualidad edita por Internet Letralia, revist@ literaria (coloco la arroba para destacar que no es una revista que se edita en papel) que ha merecido varios reconocimientos. El número 96 ya esta circuló hasta hace poco en la red. En un periódico cultural de Caracas se realizó un reportaje sobre las revistas electrónicas literarias. El cagatinta cultural de turno le dedica casi toda la nota a una revista que editaba Patricia Guzmán y que sólo alcanzó la cifra mágica de un número. Letralia, que se editaba desde Cagua, apenas recibió tres líneas (o cuatro para no pecar de exagerado) a pesar de tener más de tres o cuatro años circulando en la red y con la bicoca para ese momento de 80 números. Esto indica un poco como se mueve la literatura en el ámbito de los escritores de provincia de la capital.
Al escritor de provincia se le ofrecen pocas opciones para demostrar si tiene algo que decir (y hacer) con las palabras. Que no es otro bulto más, pesado y sin estilo, en este boxeo de sombra con el lenguaje escrito. Escritores mediocres, poetas segundones y novelistas ramplones los hay en todos lados. A pesar de esa creencia infame y petulante la cual asegura que si es de la provincia apesta. Las posibilidades que tiene un escritor de provincia de publicar en algún periódico cultural (o revista literaria) de Caracas son bastantes remotas. Ante este panorama el escritor de provincia se encuentra a la intemperie con todo el legajo de sus papeles escritos sin saber que hacer con ellos. Lo escrito por Jorge Gómez Jiménez con respecto a esto es exacto: "No es gratuito que los escritores caraqueños definan como literatura venezolana únicamente lo que se produce en sus círculos. En la demografía literaria, comúnmente son más difundidos los autores establecidos en el circuito cultural, pues es allí donde residen justamente las vías de difusión. Difícilmente estas vías de difusión servirán para dar a conocer la obra de los autores establecidos en la provincia. De hecho, los autores de provincia -aun los que viven en las capitales de estados- ni siquiera saben de qué forma pueden sus textos ser difundidos a través de esas vías. Me atrevería a afirmar, sin que para ello medie otra evidencia que mi contacto personal con muchos de ellos, que entre los escritores de provincia existe la plena convicción de que, aunque envíen resmas de sus textos a las revistas y periódicos capitalinos, nunca serán publicados".
Tener calidad y talento parece no ser suficiente para surgir en este medio literario donde señorean bohemios y relacionistas públicos del más variado pelaje. Personajes veniales que asumen la creación literaria desde su ornamento y periferia: la tertulia en el bar, el brindis en el museo, la charla en la asociación de escritores, el nombre en calidad de préstamo en los colaboradores de una revista, en la que nunca colaboran, el cargo burocrático de literatura en alguna fundación privada, etc. O sea se toman con un caradurismo su trabajo en el papel, su oficio con las palabras y con apenas un libro publicado se va gerenciando un pensum de estudio, una silla en la academia, una estatua, una plaza y hasta un homenaje póstumo con aterrizaje de Panteón incluido.
Los escritores de provincia son a la postre bastante ingenuos. Un caso patético de fe por la literatura los corroe, de apuesta a las palabras sin concesiones que les quita el sueño. Recuérdese a Rafael Bolívar Coronado. También se puede mencionar, como caso más reciente, a Argenis Rodríguez, quien se dedicó por completo a escribir libros. Llegó a publicar alrededor de 70. Y como si esto fuera poco se proclamó sin modestia alguna como el mejor escritor del país. Mientras los demás hacían turismo literario por los distintos cargos culturales Argenis Rodríguez, un escritor de provincia que se vino también a Caracas para crecer como escritor, se dedicó a escribir y como premio fue puesto al margen, desnudo y solitario, malviviendo de lo único que le interesaba hacer: escribir. Que se suicidara no parece casual. El escritor de provincia tiene un fe ciega en la palabra escrita y se hace un lío tratando de encontrar un estilo límpido y certero. Cuestión que no se obtiene a las primeras de cambio. Hay que romper mucho. Engavetar bastante. Escribir y tachar más de los que se escribe. Por ese motivo de repente el escritor de provincia, sin ser un escritor profesional, se siente esclavizado en su oficio y como un joyero trata de convertir esas baratijas que son las palabras es esmeradas joyas o como lo escribió Sánchez Peláez: "Suenan como animales de oro las palabras".
Mientras escribo estas líneas tengo en mente a mi amigo Francisco Arévalo. Poeta, novelista, cuentista y escritor permanente en diarios y revistas. Arévalo ejerce su oficio con una consecuencia pasmosa. Ha ido haciéndose escritor sobre la marcha. Escribiendo(y bebiendo)mucha literatura. De igual manera tengo en cuenta a Pedro Suárez, quien sorteando todos las dificultades convierte la escritura en un juego de obstinación y vital poética. Por supuesto debo nombrar a Carlos Villaverde, irreductible editor y también asiduo a la palabra poética. Todos desde la provincia tratando de escribir libros, de reinventar la realidad a través de la palabra escrita, de darle carnadura literaria a la ciudad, el amor y la calle. De eso va la vida del escritor: la literatura como una aventura, un riesgo sin cálculos. Alejandro Rossi escribió que crear algo es una aventura desamparada, sin garantías: "La literatura es un puente, pero al mismo tiempo es una ruptura con el pasado, un puente que se extiende a la incertidumbre".
Vivir de escritor las 24 horas no es sencillo en un país que considera a sus escritores y poetas parte del mobiliario de las oficinas burocráticas de cultura. Escribir aquí no es sencillo. Por lo general nadie considera que ordenar frases y metáforas en un papel sea una trabajo. La escritura siempre ha estado asociada a la vagancia y la bohemia. Lo cierto es que a pesar de todo vamos viviendo la literatura en vez de vivir de la literatura y aquí sin queja llorosa alguna.
Lo que el escritor de provincia quiere es que su trabajo se confronte con otras literaturas. Relacionistas públicos disfrazados de escritores hay a patadas y esos escritorzuelos de salón, sin una obra que los respalde, se dedicaran a menesteres menos insufribles. Porque eso de humillarse y jalar bolas para tomarte una foto con los escritores del día, o para que te publiquen en alguna revista literaria oficial, también es un oficio penoso.
Como escritor de provincia uno no quisiera caer en el ghetto dipsómano de los escritores caraqueños, pero hay que confrontar la escritura y sacar en limpio donde esta la poesía y donde está la máscara, la pose y el caradurismo literario que nada tiene que envidiarle al caradurismo de los políticos.
Francisco Umbral escribió: "Lo malo de escribir en una provincia es que uno llega fácilmente a ser el más listo de la comarca, y eso es fatal. El escritor necesita el buril de la gran ciudad, el hervidero de competencias, el contraste, la lucha que le dejará en su sitio, sitio que él debe mejorar, pero no consagrar como definitivo".
Se dice con insistencia que el paso del hombre de su estado natural al cultural se encuentra estrechamente ligado a sus facultades lingüísticas, a su capacidad para transformar sus emociones, ideas y pensamientos en palabras(tanto orales como escritas). El acto de escribir tampoco es un hecho fortuito. Escribir es un poco la manera que tenemos para traducirnos, para decirnos y tratar de encontrar eco en los demás, para reconocernos en los otros. Nuestra vida no es más que la colección de discursos que vamos ordenando en los anaqueles de nuestra alma. Discursos que aunque estemos en la más absoluta soledad y en el más nítido silencio siguen alimentando nuestra conciencia. Se escribe(se habla) para entablar un diálogo que nos corporiza o como lo ha escrito George Steiner: "Todo diálogo es un ofrecimiento de reconocimiento mutuo y una estratégica redefinición del ser. El Ángel nombra a Jacob al final de su larga batalla, la Esfinge obliga a Edipo a nombrarse, a conocerse como hombre. Nada nos destruye más certeramente que el silencio de otro ser humano. De allí proviene la insensata furia de Lear hacia Cordelia y la profunda observación de Kafka cuando dice que varios hombres han sobrevivido al canto de las Sirenas, pero ninguno a su silencio".
La escritura no tiene etiquetas, ni raza, color o credo. La literatura no tiene un espacio geográfico demarcado con alambradas y banderitas. Cuando el escritor, modesto o grande, raya papeles lo que tiene detrás de sí es el Macondo de la gran literatura occidental y escribe desde su territorialidad, desde su barrio, su pueblo, su calle, su cuarto. El universo se encuentra en cualquier lado y el lenguaje también.
La literatura es la forma que tenemos para organizar y enunciar nuestra experiencia vital. Si lo hacemos desde un barrio en Singapur, o desde una destartalada buhardilla en París, importa muy poco, lo importante es la escritura como acto y razón de ser.
Se escribe en la actualidad para pertenecer a esa gran provincia en la que hoy se ha convertido el mundo.
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CIUDAD GUAYANA
Las ciudades, de pronto, una mañana cualquiera, amanecen convertidas en animales monstruosos. Las ciudades nunca permanecen quietas y constantemente sufren metamorfosis, cambios y traslados. Ciudad Guayana, la cual engloba a San Félix y Puerto Ordaz, no es la excepción, y aunque su historia es de reciente data en comparación con otras ciudades del país, no se ha librado de ese fenómeno de mutaciones sucesivas.
Todas las ciudades poseen una historia oficial y una historia secreta, a veces bituminosa y en ocasiones sórdida. Estas dos caras en Ciudad Guayana son perfectamente reconocibles. La historia oficial registra las peripecias de la ciudad y sus múltiples fundaciones: así, tenemos la efectuada por el conquistador español oriundo de Berja, Antonio de Berrío, y que el famoso pirata Raleigh destruyó. Al cabo de tres años Berrío la funda de nuevo en una ensenada. Sus mismos pobladores y fundadores le prenden fuego para que no sea conquistada por otro pirata, Adrien Janz. Después, Luis Monsalve la edifica de nuevo en 1632, para ser destruida por ataques indios guiados por filibusteros holandeses.
En total, se le contabilizan a Ciudad Guayana alrededor de siete fundaciones. Lo escrito por Diana Gámez es de una exactitud meridiana: “Intensa, contradictoria y al parecer siempre apetecible, Guayana ha despertado complejos adánicos en los hombres que la han poseído, pues todos quisieron que la historia empezara con y a partir de ellos”. Todo ese ciclo de fundaciones le proporciona una cualidad de espejismo, de fuego fatuo; de ciudad terca e insistente que parece regodearse en su construcción y destrucción, signada a trasformarse siempre.
Sin embargo, la otra historia, esa escrita en letra menuda por sus habitantes de a pie, muchas veces no tiene nada épico ni edificante. La gente en las ciudades se preocupa por vivir en las ciudades más que pensarlas o sentirlas. Muchos se dejan las entrañas en cada intersticio de mugre y dolor, en cada sueño roto, en cada amor y desamor.
Ciudad Guayana para mí a veces tiene más de mentira que de hecho probable, posee un tufo surreal con sus paisajes imponentes a la vuelta de la esquina, con sus atardeceres de sangre llameante y con esos ríos (Orinoco y Caroní) inquietos donde naufragan los reflejos de la luna y que se encuentran, pero jamás llegan a mezclarse.
Me considero un animal urbano por excelencia, y Ciudad Guayana es una madriguera ideal. Escribir sobre ella es intentar fijar, más que un discurso, una pasión. He amado a buen número de sus mujeres, he viajado por el carrusel de su sexo nocturno, he canibalizado sus recovecos, esos sitios oscuros donde la vida no vale nada y donde el amor a cuentagotas tiene su tarifa establecida. Me he inyectado de sus paisajes, sus atardeceres han dejado un vaho en mi alma y sus ríos son la memoria fluvial que guarda todos los secretos. Me he amoldado a Ciudad Guayana con cierta esquiva resistencia. Italo Calvino escribió un libro de ciudades inexistentes, de ciudades invisibles, y de seguro se olvidó incluirla.
Uno aspira que la ciudad (cualquier ciudad) duela menos, que deje de ser una mentira de metros cuadrados, una mentira de asfalto y concreto armado. Uno aspira un destino similar para Ciudad Guayana: que deje de ser real y se haga invisible en las páginas de un libro. Que se torne sutil como la caricia de una mujer, de un sueño que llega o de una flor que se abre.
Lo que mantiene en pie una ciudad podría ser la pasión con la cual la ciudad vive en nosotros. Cuando cambiamos una ciudad por otra lo que en realidad buscamos es revivir una pasión marchita incapaz de edificar nada; lo que buscamos es que esa nueva ciudad que nos acoge viva en nosotros con todos los nervios, hasta reavivar esa pasión apagada (o perdida) que alguna vez nos permitió avizorar lo imposible.
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ALFREDO MANEIRO o la política con imaginación.
Los filósofos de la Grecia Clásica convirtieron la expresión oral en su mejor tarjeta de presentación. Hicieron de la plaza un aula virtual para sus distracciones. No escribieron nunca, tenían poca estima por la palabra escrita, hasta el punto de considerarla una degradación de la palabra oral La elocuencia de muchos filósofos era tan eficaz y magistral que con prontitud se hacían de una cohorte de seguidores y discípulos.
Alfredo Maneiro, el sempiterno fundador de ese esperpento político que se llamó Causa R, emparentada mucho con los filósofos de aquella Grecia del dialogo y la filosofía. Fue un conversador vehemente, un orador inteligente y memoriosos jamás alardeaba de nada de nada aunque había hecho pasantía por la lucha armada, era profesor universitario y se había graduado con altas calificaciones en filosofía. Te envolvía con gran lucidez en su oratoria, nunca sus interlocutores se enteraban si esta mintiendo o diciendo la verdad. Cuando Alfredo Maneiro hablaba seducía sin remedio. Era bajo regordete y ágil con su verbo.
Maneiro de toda su travesía revolucionaria, que podríamos denominar dura, y de su ruptura con el MAS quedó un tanto a la intemperie. No obstante no se resignó como otros a ser un derrotado, rumiando su fracaso y justificando sus acciones. A todas estas el país político se fragmentaba en muchos pedazos y los oportunistas y políticos de oficio ocuparon los puestos claves del poder. El MAS de inmensa maquinaria de cambio paso a ser un partiducho dialogante y parlamentario.
A modo grueso el país se encontraba en un marasmo político difuso. Maneiro como una especie de filósofo urbano fue nucleando simpatizantes y adeptos hasta consolidar un movimiento, sin ideología, pero con un proyecto claro de acceder al poder no por la puerta de servicio. Para llegar a la Causa R como tal Maneiro realizó tanteos y experiencias políticas heterodoxas. Así nació ProCatia, el Agua mansa, Bafle y el Prag. Luego vendría el movimiento siderúrgico de los matanceros y el nuevo sindicalismo.
Maneiro aunque no fue un escritor sistemático dejó muchos escritos sistemáticos dejó muchos escritos políticos sueltos, entrevistas, artículos de opinión y discursos políticos recopilados en un libro póstumo titulado “Notas políticas “. Un fragmento importante de su tesis se publicó en libro, “Maquiavelo, Política y filosofía”. Estos dos libros son testimonios fehacientes de su agudeza mental, de su compleja y penetrante genialidad política.
Acotar que Maneiro fue un teórico acechante de la praxis política es recuadrarlo de manera simplista. Fue en realidad un pragmático vitalista y entusiasta. Más que teorizar parece que disfrutó vivir la política desde la piel y la entraña. Para corroborar esto hay una anécdota que vale pena mencionar. Cuando Alfredo estuvo de vuelta en la vida mundana y silvestre continuaba conspirando. En ese trance consiguió dinero para adquirir armas. Viajó al exterior y realizó los contactos pertinentes. Durante el viaje conoció a un viejo impresor europeo que estaba rematando una maquinaria de impresión Heidelberg. Sin pensarlo mucho cerro el trato con el impresor. Compró una arma poderosa: una imprenta. Cuando los bisoños camaradas le reclamaban su falta de visión, Alfredo sólo exclamaba: “Ustedes no podrían diferenciar una K-40 de una lavadora automática”
Las salidas retóricas y los malabarismos dialécticos de Alfredo siempre fueron brillantes. Siempre le preguntaban: ¿Cuál era la ideología de la Causa R?. Él respondía sin ambages: “Democrática en el sentido que le daba Marx: cuando el movimiento revolucionario conquista el poder, conquista la democracia. Ampliación y profundización de la democracia son los lineamientos ideológicos de la Causa R”. Por supuesto que todo era retórica de la más barata. La Causa R era un partido estalinista en su estructura que desconocía cualquier disidencia. En otra oportunidad le preguntaron sobre el programa de gobierno y Maneiro tan campante contestó: “La constitución nacional. Llevar a la práctica todo lo contemplado en nuestra carta magna sería un acto radical y revolucionario”.
Con respecto a los intelectuales, donde él se incluía claro, escribió: “Los intelectuales, donde quedarían libres de toda culpa si no fuera porque está entre sus responsabilidades la de contribuir a dar un giro a la situación de descomposición, fariseísmo, entrega, despolitización y frivolidad que sufre el país (…)Cuando la ideología —llámese petróleo, betamax, Miami o pobreza resignada— encandila hasta la ceguera al conjunto popular, alguien tiene que contribuir a detener la ceguera o despejar la ilusión. Y ese— ¿Cuál otro?— es el papel que le atribuimos a la inteligencia que queremos. Nada más ni nada menos que lo que nos exigimos a nosotros mismos”.
No es casual que su tesis de grado sea sobre Maquiavelo, en el que confluyeron la teoría y la praxis política o como lo escribió el propio Maneiro: “…Maquiavelo el político, secretario del Consejo y embajador, hacedor y deshacedor de entuertos, hubo de retirarse –-o, de ser retirado, que ambas cosas fue el caso—de la escena de los hechos para entrar en el de la teoría(…) Maquiavelo no escribe sus memorias ni hace literatura testimonial…al contrario, Maquiavelo intenta la síntesis de la experiencia de su época, trabaja en la memoria de la humanidad europea y lo hace con una economía, capacidad de abstracción y sobre todo, claridad de intención tal, que el resultado no sólo soporta la comparación con no importa cual otro texto de la teoría política, de la filosofía de praxis o de la llamada filosofía social…”
Maneiro luego de salir de la clandestinidad, la cárcel y la montaña no se retira tampoco a escribir su librito testimonial sobre su experiencia como guerrillero, no se deja ganar ni por la frustración, o nostalgia, sino que teoriza para preparar una nueva trinchera de lucha más acorde con los nuevos tiempos.
Fue un filósofo a su modo. Un Maquiavelo exquisito. Un inspirado del marxismo. Como intelectual estuvo siempre tratando de cambiar la realidad. Era un político culto. Un pequeño burgués que fumaba puros y que leía a los clásicos. Fue un maestro del arte político. Sus alumnos y deudos políticos son una mierda.
Le sobró inteligencia, claridad y visión. Entre tanta chatarra y hojalata retórica de los politicastros brutazos de hoy, habría que rescatar el metal reluciente de sus ideas y opiniones. Sus seguidores le deben una lectura más política que luctuosa. Para terminar le dedico esta frase de Alfredo que a los chavista les va de perlas: “Tenemos que desconfiar de esos cruzados que van a Tierra Santa montados en la grupa del caballo saladino, de esa gente que abotona el florete y hace digerible su reforma, de esos tardíos alumnos de Lampedusa”.
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Argenis Daza Guevara "La rutina del silencio"
Algunos poetas son forjados con el metal agrio de la calle. Otros vienen de paisajes de agua con el alma empapada de tiempo. Uno que otro sueñan con astros devorados por tigres de bengalas. Muchos traen el paisaje metido en las pupilas para verlo todo como una línea de horizonte que ahorca las distancias.
Hay poetas inclasificables, poetas que vienen de lugares extraños donde las palabras son naipes mágicos, barajas marcadas que predicen derrotas y fracasos. Si tengo que cuadricular al poeta Argenis Daza Guevara tendría que llamarle el tahúr de la metáfora sin poses ni ademanes. También se le podría denominar mago comprometido con el devenir del hombre. Darle tantos nombres posible para no encasillarlo con etiquetas ni sellos muy propios de página cultural. Daza Guevara trajo a la poesía el juego denso y la palabra fluida de imágenes distintas en un momento en que la poesía pedía a gritos ser coda política, apostilla libertaria, metáfora ideológica para la toma del cielo por asalto.
Con él la palabra poética tuvo un chance diferente para no caer en el repetitivo panfleto, ni en la perorata de apestado apocalíptico. No le importó el estilo barajado por los otros poetas. No le dio importancia a la moda del poema combatiente, del poema trinchera. A pesar de ello nunca quitó los ojos de los vaivenes históricos. Escribió su poesía al borde de la tragedia íntima, en el abismo del desgarramiento de esa inigualable bandera que es el alma. No por casualidad Gustavo Pereira escribió que a comienzos del año 1963, en la UCV, se organizó un concurso de poesía donde fue nombrado, en representación estudiantil, miembro del jurado. El premio fue otorgado al libro Actos de magia, de Argenis Daza Guevara. Pereira sobre dicho libro acotó: “Los diecinueve textos del pequeño poemario nos sorprendieron por dos características manifiestas: a la par de su calidad literaria, resultaban una rareza en el convulso tiempo político de entonces, cuando entre las nuevas generaciones vinculadas a los movimientos de izquierda parecía descollar el discurso participativo, el hecho subversivo, la arenga, el panfleto, el compromiso, más allá del ensimismamiento, la subjetividad, el ejercicio lúdico o la evasión hermética”.
Entre sus libros de poemas hay que mencionar: Juego de reyes (1967) Irreales (1973) y Testimonios, héroes y cábalas (1976). En todos estos libros se encuentra una poesía que pacta con la interioridad del ser, con su ejercicio lúdico con lo mágico. Todos los poemas están cargados de una atmósfera surreal, hay un humor negro que se filtra entrelíneas como una niebla de aquilatada densidad, hay una manejo lúdico de la metáfora, una apuesta por las palabras jugando con lo extraño y lo absurdo:
Rodeado por el fulgor y acechando Siempre acechando tiro mis ojos al aire y los abandono a la suerte
En la poesía de Daza Guevara la realidad tienes metáforas íntimas como escondidas en la apariencia cotidiana. La escritura poética entonces opera como un bisturí que se huen de en lo real para llegar al hueso de esa belleza no siempre clara:
Desciende por los codos del día con aros en ambos brazos.
Buscan en las cuentas de la calle solitaria Un abrigo de payaso para tu corazón, guantes de conejo para tus manos indecisas, tan parecidas a la interrupción del sueño
En su poesía la vida más que una conjetura científica, o una propuesta religiosa, es un juego azaroso que se puede poetizar desde la ironía y el desdén:
En asumir poses inteligentes está la clave de la maniobra Tomo de nuevo las cartas y el juego vuelve a comenzar
Poesía donde lo paradójico, lo raro y lo absurdo sin anécdota se conjuga para ofrecer al lector universo fragmentado, una vida en cuentagotas, una existencia alejada de los parámetros habituales de la normalidad. La poesía trata de darle coherencia a esa dispersión temporal y donde el poeta funge como un espectador que trata de escapar a través del oficio de las palabras:
Cuanto antes debo partir No permanecer, a la manera de animales disecados, Inertes, expuestos a la curiosidad de cinismos furtivos. Me escondo, aúllo, pisoteo, busco refugio en mi doble a ver si no alcanzan el plumaje del buitre en el espejismo de la playa desolada.
EL ENSAYISTA
Otra de las facetas de Daza Guevara como escritor fue el de ensayista. Sus textos, tanto literarios como políticos, reflexionan sobre el devenir cultural y político del país. Sin temor a expresar ideas y puntos de vista con cierto tinte polémico reflexionó sobre el compromiso del escritor, sobre la cultura como hecho político alejado del festín de burocratismo y subsidios del Estado. Su visión política fue clara y hasta premonitoria o como él mismo escribió: “Es obvio que una crisis histórica no se reduce a un orden o institución determinado; la onda se esparce hasta cubrir los mínimos intersticios, produciendo desequilibrios y alterando las situaciones aparentemente normales, asentadas por ejercicio y admitidas como incontrastables. El Estado demo-liberal y la propiedad privada, ángulos y conquistas fundamentales de la cultura occidental, por definición, se encuentran comprendidos dentro del planteamiento y si esas instituciones son básicas, el epicentro mismo de un sistema, sería absurdo que alteradas y objetadas en su raíz, las otras edificaciones permaneciesen exentas de variaciones. Una ideología en crisis provoca fatalmente el desmembramiento de todo lo construido sobre ella”.
La política y el arte son formulas que parece relacionarse de una manera contradictoria y hasta cierto modo paradójica. No obstante a pesar de lo espinoso del tema Daza Guevara apunta con sensible puntearía sus ideas y sin cortapisa devela las lacras politiquearas e ideológicas que parecen sobrevivir todavía hoy día: “Los factores internacionales— concretamente la Revolución Socialista de Cuba— demostraron que frente a las dictaduras militaristas y a los paliativos reformistas, aplicados desde círculos superiores, era válida la alternativa de una política que rompe con los convencionalismos tradicionales y afirma la eficacia de las distintas formas. La confrontación, por lo tanto, escapa al límite donde se ha pretendido plantear, es decir a considerar si la revolución es materia exportable o no, porque partir de este presupuesto nos llevaría a conclusiones muy parciales, ajenas a la esencia de lo que se quería discutir. En todo caso lo básico que se planteaba era precisar si existen o no principios generales sobre los cuales formular una teoría correcta de la lucha revolucionaria y aplicarla a una situación determinada. No se trata, en consecuencia, de ver en las revoluciones hechos excepcionales”.
Su perspectiva política estuvo más acertada que la de muchos politicastros de saldo y oficio, sus análisis fueron más exactos que la pirotecnia astrológica lanzada por una buena porción de politólogos. Con respecto a la democracia en 1985 escribió: “La vigencia de un régimen de libertades es una de las condiciones necesarias para que los pueblos realicen las potencialidades a que todo ser humano debe aspirar, pero no la única. Utilizar la democracia como chantaje acarrea más tropiezos que beneficios. La democracia sin contenido social, donde la participación del pueblo se reduce al acto comicial cada cinco años, motivado por la magia de la propaganda y la coacción legal, es un mito susceptible de derrumbarse en cualquier momento. No somos apologistas de un orden distinto, pero tampoco debemos silenciar lo que es una realidad peligrosa. El común de la gente, de los ciudadanos sin oportunidad de ejercer libremente la facultad constitucional de expresar su pensamiento, entiende su derecho dentro del proceso político como un hecho formal: se le presenta una situación dada, manifiesta sobre ella y allí concluye todo. Los dirigentes de los partidos están obcecados por el fuego de la vanidad intrínseca. La muchedumbre vierte su opinión electoral ante un espectro previamente discernido por un minúsculo grupo de líderes que realizan la voluntad del jefe. Si fortalecer la opción democrática es una necesidad histórica, una forma de conquistar el futuro, el funcionamiento de sus mecanismos debe garantizar tal posibilidad”.
Con respecto a la cultura si visión no deja de ser polémica y sus críticas hicieron blanco a esa visión de circo y boato que han tenido (y tienen) muchos políticos circunstanciales. Como era de esperarse esos paquidermos blancos de la burocracia cultural tampoco fueron dejados al margen de sus postulados: “A los políticos les interesa y entienden la cultura como fuente de dividendos concretos, como utilización para fines primarios y parte del espectáculo de divertirnento en proporciones de anestesia; imaginan al país urgido de circo —en el peor de los términos— de actores y bufones felices. La burocracia cultural, plasmada en entidades administrativas inoperantes, sede de manguareo y coto de intelligentsia presunta, proyecta el mito de la preocupación oficial por una actividad destinada a preservar apariencias. Sin rubor se alude a planes inexistentes para justificar el trabajo de conferencistas sin audiencia —no por ellos, sino por lo azariento y casuístico—o conciertos vacacionales. Es obvia la falta de racionalidad y políticas orgánicas que definen los objetivos y metas del Estado como máxima jerarquía de la sociedad y no simple promotor de ferias y actos circunstanciales, tarea poco costosa y mejor desempeñada por los empresarios de shows o festivales de belleza”.
Nunca estuvo cómodo en las playas del conformismo. Jamás sus libros le parecieron lo suficientemente logrados y en una entrevista concedida a Earle Herrera expresó con rabia y cansancio: “Estoy arrecho con toditos mis libros. ¿Por qué? Porque la literatura es irrealidad, es la inaprehensión de las existencias negadas, de las frustraciones, de la parte que nunca será nuestra”.
A pesar de esta constatación nada halagadora prosiguió escribiendo con obstinación y sin tregua. Al indagar el por qué seguía escribiendo. Respondía con exacta ironía: “Escribir es la rutina del silencio”. Cumplió a cabalidad con su rutina hasta el final. Siempre consecuente con su rabia contenida, con su agonía de soles en la sangre. Anacrónico, agorero de catástrofes, poeta de abrumaciones lúcidas. En su poesía sonaba un instrumento extraño como pintado por el Bosco.. Como ensayista hizo gala de un estilismo terrorista de calculada relojería política para espantar el bostezo cultural ante tanta fatua y fastuosa gazmoñería artística. Siempre mantuvo intacto el humor a ras del alma y por esa razón nunca dudó es felicitarse “por no haber escrito nunca 40 poemas de amor, ni la canción desesperada, ni los versos del capitán, porque las novias trascienden la poesía y la metafísica”.
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MARIO PUZO, UN PADRINO SEUDOLITERARIO
"La política y el crimen son la misma cosa" Don Vito Corleone
Libros pasados de moda como "El Padrino", "El vendedor más grande del mundo", "Papillón", "El Chacal", "Avenida del parque 69", o más recientes como "Quién se llevó mi queso", "Verónica decide morir", "Hanibal" alargan la lista de los más vendido. Las razones para la venta masiva de esta seudoliteratura nunca son claras del todo. Algunos se lo atribuyen al mercadeo. Otros a la fuerza mediática del cine. Lo cierto es que esta literatura pastiche vende crimen, terror y masajes para el alma al por mayor.
Algunos escritores de estos libros de éxitos en venta poseen muchas características de personajes calcados de sus propias historias retorcidas. Además como escriben para vender y tener éxito sus vidas se vuelven un estropajo de vanidad, un carrusel con sus altas y bajas. El sempiterno autor de "El Padrino" tuvo una vida entre el folletín y novela escrita a fuerza de trucaje artesanal. Una existencia digna para ser escrita con ese estilo infame y papilloso de los más vendidos.
Mario Puzo pasó su infancia en el West Side de Manhattan. El barrio era conocido con el seudónimo de "cocina del infierno". Allí Puzo contempla, como si se tratara de una película policial serie "C", la vida con sus prostitutas, sus chulos y sus matones de segunda disputándose el control de la calle. Su padre lo abandona cuando apenas tiene 12 años. Su madre asume con templaza más que con resignación el abandono y se hace cargo de todo. Un día el chico le confiesa su intención de convertirse en escritor. Su madre, suspirando resignada, sólo le pregunta: "¿por qué vas a cometer una idiotez tan grande?".
El futuro escritor pasa por el ejercito. Trabaja en la administración y el papeleo. De vuelta a casa contrae matrimonio y se instala con su esposa en Nueva York. Los años cuarenta llegan a su fin y a nuestro futuro escritor sus aspiraciones artísticas iniciales parecen abandonarlo. La vida no es complicada y está llena de facturas por pagar. Como veterano de guerra recibe algún dinero mensual. Asiste a clases nocturnas de literatura. A su formación agrega el estudio de ciencias sociales en la Universidad de Columbia. Realiza trabajos mediocres a la par que edita relatos cortos en revistas de segundo orden. También trabaja en un ensayo narrativo sobre la Alemania ocupada. En 1955 se publica "The Dark Arena". Un crítico le asesta un duro golpe: "Este libro jamás debió haberse escrito". Mario Puzo se hunde en el silencio. Los años 60 tocan a su puerta y se encuentra como director de una revista importante.
Recuperado de sus primeros impases con la crítica decide escribir una novela. Tarda nueve años en darle forma a "El peregrino afortunado". La crítica esta vez trata al libro de forma más benévola y lo considera una obra clásica en el mejor sentido literario . Pero el dinero no llega y las cuentas por pagar se acumulan como el polvo. De nuevo se siente un bueno para nada, un fracasado. Tiene 45 años y las deudas no lo dejan conciliar el sueño. Su agente literario lo saca de sus ensoñaciones de convertirse en un gran escritor y lo conmina a que escriba una historia sencilla, sin tanta literatura; una historia para el gran público. Tiene que ser un tema atractivo y que él conozca muy bien como ese de la mafia ítaloamericana. Con algo de resistencia Puzo escribe un esbozo de diez páginas. Una editorial la rechaza y otra le adelanta una jugosa suma. Puzo se entrega a su faena y se documenta en profundo sobre la mafia, pero no se siente atraído para nada por el tema y en el ínterin escribe relatos de aventuras. Su hermano lo apuntala económicamente mientras termina el libro. Cuando Puzo lleva escritas alrededor de cien páginas el libro un estudio cinematográfico le ofrece otra buena suma de dinero por los derechos para hacer la película. Al cabo de tres años el libro no está terminado. Presionado por los acreedores y los editores(y con las maletas listas para tomarse unas vacaciones necesarias) entrega el libro. Acuerda con la editorial que a su regreso le dará un nuevo vistazo al libro. Regresa y hace las correcciones necesarias, pero todavía el libro no le satisface del todo. "El padrino" se edita en el año 1969. Con los años la novela se convierte un hito indiscutible sobre ese mundo siniestro y de costura shekespereana degradada sobre la mafia made in usa. La interpretación del mítico Marlon Brando, como capone mayor en el cine, acrecienta la fama de su autor al punto tal que Puzo recibió dos oscares por los guiones cinematográficos. Se ha especulado que los mafiosos de carne y hueso lo buscaban para escribiera sus historias. Pero Puzo supo mantenerse en la orilla de la ficción y quizá salvándose así de ir a dormir con los peces.
Su nueva vida de magnate de las letras se divide en diversiones, lujos, excesos de todo tipo, guiones de cine ( "Terremoto", "Cotton Club" y "superman" I y II) y de algunos libros que no le interesan ni al público ni a la crítica. Pero esta etapa dorada se desvanece pronto. Una diabetes que desmenuza su cuerpo y el dinero que comienza a disminuir le producen un colapso nervioso que desemboca en un ataque al corazón. Con un marcapasos es atrapado por el remolino de la depresión. El Prozac le ayuda en momentos altos de sus crisis. Se siente acabado. Entregado al silencio está convencido que no quiere(ni puede) escribir una línea más. Su segunda esposa trata de alentarlo. Puzo se siente bloqueado. No tiene imaginación, ni temas para un nuevo libro. Ante este abismo decide escribir lo que la gente espera de él: otro libro con capos, violencia y escritura elemental. La aparición de su nueva novela "El Último Don" le devuelve un éxito momentáneo. Sin embargo la crítica no lo deja ileso y ve en el libro un plagio actualizado del padrino. A sabiendas que ya tiene un pie en el otro barrio escribe "Omertá". Novela póstuma donde vuelve sobre su tema predilecto.
Se especula que el escritor va a la saga escribiendo siempre el mismo libro. En muchos casos sólo escribe uno repetido varias veces. Mario Puzo escribió el suyo por todo lo alto y esto terminó con su pretensión de ser un escritor en mayúscula. Alguna vez intente leerlo y no pude avanzar de la segunda página. No por azar Mario Puzo veía como un dudoso honor eso de ser considerado por Jackie Collins como su mentor literario.
La literatura no se encuentra en los libros de Mario Puzo, sino en su vida que posee la grandeza épica del personaje mafioso creado por los apremios materiales más que espirituales. De ese personaje que no lo abandonó de un libro a otro y que al final lo convirtió en vez de un padre de las letras en un padrino seudoliterario, masivo y de bolsillo.
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El caso de Raymond Roussel
En la historia de la literatura abundan los escritores que han cruzado ese inquietante umbral de los espejos, metáfora tan manoseada aparte, es necesario admitir que la vida de algunos autores deja ver las costuras de su melodrama, de sus manías y vigilias creando monstruos a cada paso; vida con ribetes tan inverosímiles que en la mayoría de las ocasiones opaca su obra. Otras veces es la obra de ciertos escritores la cual se convierte en una patológica excentricidad, en una obra literaria limite en la que los defectos se yuxtaponen con los chispazos de insuperable genialidad. También sucede con frecuencia que vida y obra parecen traspapelarse en los abismos del exceso hasta convertir al autor en un museo el cual exhibe la miseria humana es su transparencia más descarnada.
El caso de Raymond Roussel colinda con lo onírico debido a que tanto su vida como su obra parecen machihembrarse a ese mundo blando del sueño. Su obra posee cierto toque de vigilia delirante, en tanto que su vida tiene modulaciones estrambóticas, vaivenes que coquetean con la locura.
Su patético fracaso como escritor despierta interés debido a ese demonio de persistencia interior que le obligaba a sobreestimar su talento como escritor. Ansiaba con ahínco el éxito como autor, pero sus libros no causaban ningún tipo de interés ni del público ni de la crítica especializada.
También llama la atención ese desmedido apremio de Roussel por ser reconocido y por convertirse en un triunfador en el mundo literario. Esta ansiedad de ser un connotado literato no era por avidez de lucro, ya que era un burgués con bienes de fortuna. Ni muchos menos para ganar posición social. Desde joven se precipitó en un éxtasis creador y se sintió abrasado por el fuego de la genialidad.
Luego de publicado su primer libro salió a la calle y esperaba que la gente se abalanzara sobre él para celebrarlo, pero nada. Era un transeúnte más perdido en la multitud. Aquella frase de Jonathan Swift le ajustaba a la perfección: “Cada vez que aparece un genio, todos los necios se conjuran contra él”. Se sintió un genio incomprendido. Lo necios no lo tomaban en cuenta. Una crisis nerviosa casi lo despacha hacia locura absoluta. En su época un exiguo número de escritores e intelectuales vieron en él a un creador literario sugestivo, para el grueso del público fue apenas otro autor más que se daba de bruces con la inmensa pared de su ego.
No quiso aceptar las evidencias de no ser un genio literato y adaptó sus novelas al teatro en esfuerzo de acercar su trabajo a un público más numeroso. No obstante toda esa empresa publicitaria sólo fue otra bufonada sin sentido. Su trabajo literario en el ámbito teatral no corrió tampoco con suerte y en vez de cosechar el aplauso que todo genio merece desató la controversia. El público pensaba que el autor se burlaba de ellos. Los seguidores de Roussel por su lado se enfrentaban a ese público que nada entendía. Roussel a todas luces más que un autor genial se fue convirtiendo poco a poco en un caso.
En su breve fascículo, con tintes autobiográficos, “Como escribí algunos libros míos”, redactado dos años antes de su fatal deceso en un lujoso hotel en Sicilia, busca describir las claves y métodos de su proceso creativo. Intenta explicar los artilugios empleados para escribir sus novelas y cuentos. En escasas treinta páginas explica que su técnica de escritura estaba basado en la combinación de palabras similares, pero con significados distintos. La combinación de dichas palabras le permitía obtener dos frases idénticas. Luego con dichas frases se disponía a redactar un cuento que se iniciara con una de las frases y terminara con la otra.
Debido a este método tan elaborado Roussel, estaba seguro que su obra poseía innegables puntos de contactos con lo genial. Esto de la genialidad la ha explicado el mismo escritor. A los 19 años la sombra emblemática de Víctor Hugo, estuvo dictándole durante meses sin descanso, día y noche, más de cinco mil versos que conformarían su primer libro, “La doublure”. El libro se editó el 10 de junio de 1897. Su aceptación de público fue nula. Esto resultó duro para el escritor y sus nervios colapsaron. El doctor Pierre Janet, quien lo trató durante esta crisis (y le llama en su informe Martial, nombre del personaje de la novela Locus Solus) escribió años más tardes: “Este hombre de cuarenta y cinco años posee una existencia bien singular. Vive solo, muy apartado, muy aislado, de una forma que parece considerablemente triste, pero que basta para llenarle de alegría puesto que trabaja casi constantemente. Trabaja de forma regular un determinado número de horas cada día, sin permitirse ninguna irregularidad, con un esfuerzo, y a menudo una gran fatiga en edificar grandes obras literarias. Sangro, dice, sobre cada frase. Estas obras literarias, de las que no voy a estudiar el valor, no han tenido hasta ahora prácticamente ningún éxito. No son leídas, si descartamos a algunos iniciados que se interesan, son consideradas insignificantes. Pero el autor conserva con respecto a ellas una curiosa actitud. No sólo continúa su trabajo con incansable perseverancia sino que tiene confianza absoluta e inquebrantable sobre su inconmensurable valor artístico. La confianza de un autor en el valor de sus obras y el aviso a la posteridad de la injusticia de sus contemporáneos son cosas naturales y en cierta manera legítimas, sin embargo, me parece que la convicción de Martial se presenta de una manera anormal”.
Esta anormalidad de situar su obra en un rango de genialidad absoluta y descubrir que para otros son textos sin valor alguno debió afectarlo síquicamente. Aunque su impronta de anormalidad estada como enraizada en su entorno familiar. Roussel nació en el seno de una familia con gran solvencia económica. Como hijo único tuvo todas las atenciones y prerrogativas que puede ofrecer una madre dominante y sobreprotectora. Era tal el celo de su madre que insistió que su hijo fuese sometido a un chequeo médico diario. Roussel jamás pudo separarse de ella. Viajaron juntos por muchos países. Madame Roussel en cada viaje llevaba consigo un ataúd costosísimo, como medida preventiva ante cualquier percance inesperado. Además si moría en tierras extrañas no quería ser colocada en una caja mortuoria corriente y vulgar.
Roussel no le fue a la saga a su madre en eso de tener hábitos algo caprichosos y excepcionales. Admiraba hasta el delirio los libros de Julio Verne. Escritor “que se había elevado, según su idea, a las cimas más altas que puede alcanzar el verbo humano”. En una oportunidad Julio Verne lo recibió en Amiens, lugar en el cual el joven Roussel prestaba el servicio militar. Para el escritor este encuentro fue inolvidable. Quizás del entrañable personaje Phileas Fogg adquirió su obsesión por el orden, la pulcritud y la puntualidad a tal extremo que se sentaba a la mesa para almorzar a las 12:30 y permanecía en ella hasta la 7:30 y así respetar el ritual de la comida y su deseo de tomar, sin interrupción, el almuerzo, la merienda y la cena.
Así mismo adquirió de Verne su afición por la construcción de maquinas reales e imaginarias. Construyó un vehículo de treinta pies de largo equipado con dormitorio, estudio, cuarto de baño y un cuarto para el servicio. En una oportunidad lo condujo a Roma y Mussolini fue a darle una mirada a tan versátil automóvil; incluso el Papa se acercó para inspeccionarlo quedando maravillado ante tan heterodoxa máquina.
A pesar de sus constantes viajes ninguno le sirvió de inspiración para escribir. Michel Leiris escribió que el mundo exterior jamás hizo mella en el universo que Roussel llevaba dentro y todos los países que visitó él ya los había visitado por adelantado con su frondosa imaginación”.
Tan lleno de manías como estaba no consintió nunca pasar por el bochorno de buscar editor. Siempre pagó buenas sumas para imprimir sus libros. Su homosexualidad discreta no le salvó de chulos y amantes sin escrúpulos que lo chantajearon sin sutileza alguna.
Ante la poca difusión que tuvieron sus libros decidió trasladarlos al teatro y contrató una compañía teatral para representarlas. Alquiló algunos teatros, pero apenas se iniciaba la representación el público asistente formaba un ensordecedor bullicio y todo termina en insulto, gritos, actrices corriendo despavoridas y actores tratando de campear el temporal con cierta altivez profesional. Marcel Duchamp escribe: “En 1911, asistí con Picabia y Apollinare en el Teatro Antoine a la representación de impresiones de África de Raymond Roussel. ¡Fue formidable!: En escena, había un maniquí y una serpiente que se movían muy poco, todo muy loco, muy insólito. No recuerdo mucho el texto. Lo que más me sorprendió fue el espectáculo en sí”.
Los Dadaístas y Surrealistas vieron en Roussel un precursor de sus postulados estéticos. Incluso André Bretón quiso que el escritor colaborara con textos para su revista, pero Roussel estaba ensimismado y confundido. Bretón escribe: “Le pedimos varias veces su colaboración, pero, por desgracia, no obtuvimos respuesta alguna”.
Si para los Surrealista aquellas representaciones teatrales eran un disparate absurdo digno de elogio para Roussel era una obra coherente, genial y luminosa o como él mismo lo contó a Pierre Janet: “Lo que escribía estaba rodeado de esplendor, cerraba las cortinas porque temía la menor fisura que hubiera dejado escapar los rayos luminosos que salían de mi pluma, quería retirar de un solo golpe la pantalla e iluminar el mundo permitir que estos papeles circularan hubiera sido como producir rayos de luz que habrían llegado hasta China, y la masa enfurecida se habría abalanzado sobre mi casa”.
Todavía no puedo entender ese empeño de Roussel de ser un escritor exitoso. De seguro quería ser considerando un escritor a la par de su admirado Verne. Trabajó con ahínco, pero el triunfo pareció rehuirle. Quiso ser un escritor en mayúscula y sólo llegó a ser una singularidad para contados adeptos. Su fracaso a la postre fue su patente de corso. Su obra literaria ha sido precursora de la literatura como puzzle, juego de espejos inspirando a escritores tan desiguales como Italo Calvino, Julio Cortázar, Michel Leiris, Raymond Queneau, Georges Perec entre otros. Sus libros tienen mucho de máquina lingüística, mucho de relojería léxical. Acaso si hubiese asumido la literatura con menos rigor no habría sufrido tanto. Escribió sólo por su desquiciada avidez de éxito y su conclusión al final coloca todo en perspectiva: “Sólo he conocido en mi vida la auténtica sensación de éxito cuando cantaba acompañándome al piano y sobre todo cuando hacía imitaciones de actores o personas conocidas. Al menos en estas ocasiones mi éxito era enorme y unánime”. La frase encierra cierta desolada resignación. Sin poder recuperarse de su rotundo descalabro como autor se convierte en una sombra. Viaja a Italia y su suicidio agrega el punto final a su vida peripatética, a su genio desencuadernado.
Escribir en muchas circunstancias es una tribulación, un carrusel de infortunios. El escritor hace todo lo posible por estar en ese lado del escribir bien, sin embargo el lector acechante e implacable tiene la última palabra. Una frase de Macedonio Fernández, escritor tan de espejo como Roussel, pero con una suspicacia taimada sobre la literatura, escribió: “Nos lastima mucho pensar en el destino de los que fueron universalmente señalados en el escribir bien—Quevedo, Poe, Cervantes, Sterne, hoy mismo Kafka, Rilke, Supervielle—, pues sabemos que alguien los esperaba, o los espera, en su casa, con un ceño y una ronquera terribles, si vienen del escribir mal”.
Los libros de Roussel pavimentaron el terreno de las posibilidades de la literatura más allá del escribir bien o mal, más allá del éxito o el fracaso. De la literatura como experiencia imaginativa irrepetible. Del escritor realizando malabares con las palabras. Roussel hizo lo que pudo a la hora de escribir y sus libros como Locus Solus e impresiones de África, son hoy por hoy un desván de objetos, banales o extravagantes, que bien valen un tanteo exploratorio.
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Paul Klee, instrucciones para dibujar los sueños
Los surrealistas (tanto en pintura, literatura y fotografía) se encargaron de diseccionar el sueño tenían a Freud a sus espaldas e intelectualizaron esa necesidad de soñar. Pero hay un pintor que asumió los sueños en sus pinturas desde una óptica límpida y sin artificios intelectuales de ningún tipo. Me refiero a Paul Klee cuya pintura es un sutil canto a esa imprescindible capacidad de soñar que todos tenemos.
La actividad artística de Paul Klee (1879-1940) se inicia en 1898. Estudia pintura. Luego de dos años pasa a la academia y tiene como profesor a Franz Von Stuck. Viaja a Italia y París. En 1906 contrae matrimonio con la pianista Lily Stumpf. Klee asume con rigurosidad su carrera de pintor. Se integra con pasión a la agitada vida artística de Munich donde se dan cita todas las tendencias nacientes del arte moderno..
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1914
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El Pez de Oro
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La obra pictórica de Klee en un principio fue gráfica. Compuesta por dibujos y aguafuertes trabaja sólo con negros y grises. Su dibujo tiene algo de caricaturesco, tiene un perverso toque irónico. Después de su segundo viaje a París está impresionado por el trabajo de Cezanne. Le gusta ese tratamiento fragmentario del color que hace el maestro francés. Pero a Klee no le gusta imitar y se limita a experimentar. En vez de trabajar trozos de color trabaja con grandes bloques de color. Sintetiza lo más que puede y se concentra en el pequeño formato y la acuarela. En obras como "En la Cantera" y "Casas junto al pedregal" la gama cromática y las manchas de color diferencian el espacio o proporcionan contornos de luz y sombra tanto al paisaje como a los objetos.
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El abstraccionismo en Klee tiene su soporte principal en el color, no obstante tampoco desecha elementos figurativos con rasgos fantásticos o como salidos del sueño. La figuración en esta de color tiene, como en sus primeros dibujos, mucho de caricatura, algo de expresionista y cierto humor casi infantil. En Klee la figuración no es narrativa, ni mucho menos calcada de la realidad. Son figuras salidas de un imaginario intimista("Genio sirviendo un ligero desayuno") con la peculiaridad que son personajes autónomos de las combinaciones cromáticas.
Klee experimentó sobre la superficie de la tela para crear texturas. Así mismo algunas de sus pinturas poseen claras referencias al cubismo, con la singularidad que los paisajes y las figuras se integran con mucha armonía a las figuras geométricas. |

Ad Parnassum
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Embarazo
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Los manuales de la historia del arte aseguran que para Klee la pintura era una forma de meditación interior. Lo que no aclaran dichos manuales es la economía de medios pictóricos que utilizó para lograr resultados tan profundos y excelsos. En efecto Klee se fue por la tangente, se refugió en los misceláneo y desecho los grandes formatos para asumir la pintura como un juego de niños. Su pintura parece un sueño idílico. Parece una puerta de escape de la realidad. Y quizá fue un túnel para escapar de una realidad grotesca y absurda. No por casualidad los Nazis incluyeron muchas de sus pinturas en la exposición de Arte degenerado. Sus últimos cuatro años de vida posee tintes kafkianos. Por un lado la enfermedad y por el otro lado la burocracia fosilizada en torno a su obra.
Klee supo dibujar los sueños con un candor infantil inigualable, supo encontrar lo grandioso sin recurrir a la estridencia. Su pintura es un manual de instrucciones para que seamos capaces de dibujar lo que soñamos. Su pintura es el recuerdo de lo mejor que hay en nosotros: criaturas del color tratando de vencer el discurso de la oscuridad y las sombras. |
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